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Monday, July 11, 2011
Estereo Maya Princesa Ixmukané Parte 2
Soy tan impresionada con el trabajo de estos compañeros y compañeras de la radio aquí en Momostenango. Hoy he estado con ellos; un poco en la cabina (me entrevistaron) y luego Julian, quien también es aq'iq' (sacerdote Maya), me llevó a hacer un recorrido de los cuatro altares que se usan para esta celebración del año nuevo, del waqxaqib' b'atz'.
Han sido tan generosos y amistosos Julian, su familia y sus colegas de la radio. Llegué como a las 11 y pico de la mañana, después de un viaje por carreteras de pura terraceria. Terminé con como 5-6 personas atrás en la palangana porque hay poco transporte en el camino entre Santa Lucia y Momostenango. Julian vive un poco lejos del centro de Momostenango -- tuve que pasar un puente y subir un rato hasta que vi la antena.
La cabina es un cuarto en su casa, realmente -- radio verdaderamente comunitaria. Radio sin recursos, hecho a mano pero con mucho amor y mucho compromiso. En la entrada es una pequeña tienda que principalmente es atendida por la esposa de Julian. Y atrás y al lado de la tienda es un cuarto dedicado a la radio. Dos mesas, un teléfono, un mezclador, un micrófono, y el transmisor.
Hablemos un rato y luego almorzemos; un delicioso caldo acompañado por chompipe (pavo) y verduras. Luego Julian siguió transmitiendo hasta que el tornante (la persona programada por la tarde) llegó y salimos para visitar los sitios sagrados. No entendí bien cuando llamé hace varios días para planificar el viaje que realmente anoche (o sea domingo en la noche) era la acción más intensa; retrospectivamente, hubiera sido posible a haber llegado ayer en una hora decente pero sin pasar por mi casa primero porque estuve en Antigua. Pero no sabía; pensé que habían otras actividades hoy y entonces pasé la noche en Chinique y salí para Momos hoy en la mañana.
Desde mi carro comenzó a transmitir en la radio: o sea, llamó a la cabina con su celular y el compañero quien estuvo en la cabina pasó la señal y él dió una breve introducción, "Estamos con una visitante de los Estados Unidos y la estamos llevando a ver los sitios sagrados..."
Luego cuando lleguemos a los distintos altares, en cada lugar él busco la manera de hacer una transmisión desde el sitio. Él habló; también me hizo una breve entrevista (le impresionó mucho que hablo como 5 palabras de K'iche' y me obligó a enseñar mi vocabulario limitado y mi acento malíssimo). En los altares habían grupos musicales tocando (una marimba y una conjunto de violin y guitarra) y también puso el micrófono frente a los músicos para compartir un poco de la música en vivo. Entonces la radio era muy presente en las comunidades.
Mientras tanto, me hizo algunas versiones, como él dijo, del significado de los distintos altares y las celebraciones en general. No puedo reproducir todo que me dijo; grabé algunas
partes para poder utilizar, posiblemente, en nuestra radio.
Hablemos con las diferentes personas a los varios sitios; Julian comentó que muchas personas hacen sus ofrendas de maneras individuales y diferentes -- porque la religión maya es muy decentralizado, y también por la represión de esta cultura durante siglos, cada cual tiene su manera de hacer las cosas.
Pero volviendo a la radio: este es una radio verdaderamente comunitaria en el mejor y mas preciso significado de la palabra. Fue fundado por un grupo de sacerdotes mayas hace 22 años, como una manera de preservar y transmitir la cultura. Entonces, durante los últimos años de la guerra. Eran 70 personas al principio. No tenían y hasta la fecha realmente no tienen financiación externo. No tienen una computadora. Entonces su producción y transmisiones son completamente a mano. Tienen varios tocadiscos de CDs; uno de VHS y DVD (para sacar el sonido de películas, me imagino), pero todo manual y todo artesanal. Julian me comentó que la antena no es 100% vertical pero
va un poco por un lado. Julian no estudió ni un solo día en su vida; todo su aprendizaje de leer y escribir ya vino mucho mas tarde en su vida.
Pero con escasos recursos hacen mucho. Por ejemplo, reciben muchas llamadas de personas de la comunidad -- la gente llama para pedir un número musical específico o a dedicar una canción a alguien.
Aquí estamos de nuevo después de la cena. Julian hace la mayoría de las transmisiones, parece. Cada día hay alguien quien viene y hace un programa de varias horas; también está capacitando a su hija mayor para que ella pueda hacer programas. En el transcurso del día conocimos varias personas que tienen algo que ver con la radio: dos miembros de la junta directiva de la radio (un hombre y una mujer) y una muchacha joven quien, Julian me dijo, ha hecho transmisiones en la radio.
Ya me hizo otra entrevista sobre mis impresiones de las visitas a los altares. Reservo comentarios mas extensos al respeto para un blog futuro!
Sintonizando a Estereo Maya
Hace una semana y media fui a una capacitación para radios comunitarias en una radio en San Mateo de Quetzaltenango. Yo sé que todavía no he escrito sobre la capacitación; fue impresionante. Allí sentí por primera vez que éramos parte de un movimiento de verdad, aunque solamente habían representantes de como 10 radios. Allí conocí a un señor que nos dijo que vino de una radio comunitaria de Momostenango. Fue muy entusiasmado y participativo en las actividades, y nos dio conocer que iban a celebrar algunas ceremonias grandes para el inicio del año nuevo según el calendario Maya, entre el 9 y 12 de este mes.
Bueno, decidí que sería interesante a ver aunque sea una parte de las actividades, y también visitar la radio misma. Tuve otras actividades el fin de semana y solo llegue a Chinique ayer (domingo) en la tarde. Entonces, decidí que hoy lunes en la mañana iré a Momostenango, y actualmente estoy en la cabina de la radio comunitaria, que se llama "Estereo Maya".
El viaje fue lindo pero largo y trabajoso. Hay dos vías; una va por Los Encuentros, allí cruces para CA1 hasta Cuatro Caminos y allí agarras para Totonicapán y luego Momostenango, o como se dice aquí, Momos. La otra vía demanda que uno sale de Santa Cruz del Quiché al norte, en la carretera para San Pedro Jocopilas, y de allí busca la carretera para Santa Lucia de la Reforma y de Santa Lucia otra carretera para Momos. Parecía sencilla, pero... bueno, aquí en Guate, cuando uno sale de viaje, siempre hay complicaciones. Primero, todo era terracerio, casi pura piedra. Eso quiere decir aunque no eran muchos kilómetros no era posible manejar rápido. El otro factor es que no había casi ninguna señalización, y muchos cruces. Entonces tuve que parar cada rato y buscar alguien y preguntar si esto era la carretera para Sta Lucia o la carretera para Momos. Fue muy aislada y poca poblada por grandes extensos. Entonces muchas veces tuve que esperar un buen rato antes de encontrar otros seres humanos.
Pero, por la otra mano, los paisajes eran espectaculares, y eso si valió la pena. Bueno, muy pronto vamos a salir de la cabina y ir a los altares donde los aq'iq'ab' (guías espirituales en K'iche') habían dejado sus ofrendas. Luego vuelvo.
Bueno, decidí que sería interesante a ver aunque sea una parte de las actividades, y también visitar la radio misma. Tuve otras actividades el fin de semana y solo llegue a Chinique ayer (domingo) en la tarde. Entonces, decidí que hoy lunes en la mañana iré a Momostenango, y actualmente estoy en la cabina de la radio comunitaria, que se llama "Estereo Maya".
El viaje fue lindo pero largo y trabajoso. Hay dos vías; una va por Los Encuentros, allí cruces para CA1 hasta Cuatro Caminos y allí agarras para Totonicapán y luego Momostenango, o como se dice aquí, Momos. La otra vía demanda que uno sale de Santa Cruz del Quiché al norte, en la carretera para San Pedro Jocopilas, y de allí busca la carretera para Santa Lucia de la Reforma y de Santa Lucia otra carretera para Momos. Parecía sencilla, pero... bueno, aquí en Guate, cuando uno sale de viaje, siempre hay complicaciones. Primero, todo era terracerio, casi pura piedra. Eso quiere decir aunque no eran muchos kilómetros no era posible manejar rápido. El otro factor es que no había casi ninguna señalización, y muchos cruces. Entonces tuve que parar cada rato y buscar alguien y preguntar si esto era la carretera para Sta Lucia o la carretera para Momos. Fue muy aislada y poca poblada por grandes extensos. Entonces muchas veces tuve que esperar un buen rato antes de encontrar otros seres humanos.
Pero, por la otra mano, los paisajes eran espectaculares, y eso si valió la pena. Bueno, muy pronto vamos a salir de la cabina y ir a los altares donde los aq'iq'ab' (guías espirituales en K'iche') habían dejado sus ofrendas. Luego vuelvo.
Sunday, July 3, 2011
Perros y chivos y vacas, ay dios!//Dogs and goats and cows, my god
Nada del otro mundo, solamente un avance noticioso, como dicen en la radio. Ahora hay unos chivos que están pastoreando en el pequeño terreno al lado de mi casa. Este terrenito está separado de esta propiedad por un cerco de materiales variados: bloques, aluminio ondulado, alambre, madera. Está lloviendo mucho y entonces no puedo salir a la terraza para tirarles fotos como prueba, pero confiase en mi: hay chivos. No sé realmente de quien son los chivos: parece que o el dueño del terreno lo alquila a alguien con chivos, porque no quedan la noche, y he visto unos muchachos parados en la esquina, posiblemente vigilando/cuidando los chivos. Como les dije, nada del otro mundo pero aquí en el pueblito, eso es lo que pasa para una novedad. Ahora los chivitos pobrecitos están muy infelices, parece, porque está lloviendo fuerte y comenzaron a quejar en voz alta. Saber donde se metieron los pastores?
***************
Nothing all that out of the ordinary, just a news advance, as they say on the radio. Now there are a couple of goats that are being pastured on the small patch of land alongside my house. This little piece of land is separated from this property by a fence of varied materials: cement blocks, corrugated aluminum, wood, wire. It's raining a lot and so I can't go out onto the roof and take photos as a proof, but trust me: there are goats. I don't really know whose goats they are: maybe the owner of the land rented it to someone who has goats, because they don't stay at night, and I've seen some guys hanging around the corner, possibly watching/caring for the goats. As I said, nothing out of this world, but here in my little town, this is what passes for news. Now the poor little goats seem very unhappy because it's raining hard and they began to complain loudly. Who knows where the shepherds have gone off to?
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Nothing all that out of the ordinary, just a news advance, as they say on the radio. Now there are a couple of goats that are being pastured on the small patch of land alongside my house. This little piece of land is separated from this property by a fence of varied materials: cement blocks, corrugated aluminum, wood, wire. It's raining a lot and so I can't go out onto the roof and take photos as a proof, but trust me: there are goats. I don't really know whose goats they are: maybe the owner of the land rented it to someone who has goats, because they don't stay at night, and I've seen some guys hanging around the corner, possibly watching/caring for the goats. As I said, nothing out of this world, but here in my little town, this is what passes for news. Now the poor little goats seem very unhappy because it's raining hard and they began to complain loudly. Who knows where the shepherds have gone off to?
La gente del maíz (en español)
Hay una ligera cobiha de nubes grises extendida uniformamente a través del cielo, hasta que no se puede detectar facilmente los movimientos del sol, y el cielo presenta el mismo superficio ininterrumpido a las 8 como a las 7. La ambulancia de los bomberos voluntarios deambula despacito por una de las calles, la última calle lo cual eventualmente se dirige a la carretera de terracerio que sigue hasta San Andrés Sajcabajá. Tengo que describirlo asi, porque si utilicé el nombre official, que puede ser 4ta Avenida, nadie aquí va a entender lo que estoy hablando. Podría decir “La calle donde Doña Susy tiene su tienda,” o “la calle donde la Casa Social está ubicado” o “la calle donde ponen la rueda durante la feria” y entonces la gente si entiende lo que estoy hablando. Detras de la ambulancia, que para un rato, aunque parece que no haya ninguna emergencia como las luces no están parpadeando y la sirena no está atronando, un hombre jóven maniobra una bicicleta, encorbado encima de los manillares, su cara un estudio en concentración. Tiene un azadon el la espalda, cuidadosamente colocado en el espacio entre su pequeña mochila de nilón y la camisa de franela ligera, de cuadros verdes que él porta. El azadon tiene un cuchillo grande y plano que cabe perfectamente contra su cadera izquierda, y el mango de madera, curado por uso, extiende unos pocos pies por su lado derecho. Se va a trabajar en la milpa, o de él mismo o de otra persona.
Más arribita, después de haber cruzado a la izquierda en el primer camino después de donde se termina el pavimiento, veo una mujer jóven, cargando su bebé, envuelto a través de su espalda en una servilleta color morada, y cargando un guacal lleno de granos de maíz que han sido cocidos y desaguados; en camino a la molina poderada por un generador, sin duda, para moler el maíz para las tortillas del día. Nos miramos, intercambiamos sonrisas y saludos. Unos trabajadores posados encima de una nueva casa bajo construcción, un asunto de dos pisos hecho de ladrillos de cimento, lánguidamente tratan de atraer mi atención con sus pocas frases en ingles: "Hello" "How are you?" "Good morning". Sonrio y les levanto la mano por encima del hombro mientras les voy pasando. Considero gritando, “Saq’iriq'” (buenos días en K'iche') pero tomo la decision que será más sábia a reconocerles pero no engranarles.
Todavía más allá, un hombre jóven, con su pelo más largo que normalmente veo en estas partes (curvandose suavemente hasta sus hombros), dirige un solitario chivo negro por una cuerda. Está vestido bien, con una camisa cuidadosamente planchada, abotanada por el frente, con un collar crespo, y pantalones en vez de jeans, y zapatos en vez de botas o zapatos tenis. Un poco incongruente, a primera vista, con el chivo, por lo menos, a mi juicio. Pero necesito tener cuidado a no imponer una perspectiva ajena. No hay razón de que él no debe vestirse bien si lleva el chivo a algún lado para vender, o si tiene un mandado que requiere vestuario un poco más formal después de hacer lo que tiene que hacer con el chivo. O a la otra mano, si pone esta ropa solamente por le gusta, porque le hace sentir bien, porque piensa que posiblemente va a pasar, casualmente, la mujer a quién quiere dar una buena impresión, o si quiere impresionar a sus amigos con su elegancia, o al contrario, si eso es la ropa que tiene y ya.
Es un poco más tarde que la hora que normalmente pretendo caminar este camino, y también la gente están trabajando en otras partes de sus terrenos. Hay dos milpas donde normalmente veo personas trabajando, y siempre nos saludamos. Un campo queda por mano derecha después del punto donde el camino comienza su primer súbida. Y unos pocos cientos de metros más adelante, pasando otra curva, el camino se aplana por un rato y hay otros campos por mano izquierda. Pero hoy, o porque fuera más tarde o porque las personas sencillamente han adelantado en su trabajo, y nadie queda tan cerca para saludarme o ser saludado por mi.
La tierra alrededor de los tallos de maíz es un rico rojo barro, ahora cuidadosamente limpiado de cualquier maleza no necesaria, fresca y humeda con las lluvias de la estación. Un amigo ha estado molestandome para que yo leo Los Hombres de Maíz, considerado por muchos la obra maestra de Miguel Angel Asturias. Y yo entiendo porque, caminando por estas milpas donde soy privilegiado, como frecuentamente digo, a caminar porque quiero hacerlo y no porque tengo que hacerlo. Los campos no son planos aquí en el altiplano, pero los cultivadores siembran su maíz en hileras que tiernamente abrazan las oleadas y curvas de la tierra. En algunos lugares la milpa se posa a un ángulo precario en un pedacito de terreno arriba de unas piedras en una loma, un ángulo tan agudo que uno se pone a maravillar como la gente pueden sembrar, cultivar y cosechar sin saltar del cerro arriba y caer en medio de la carreterra abajo. Se siente el olor del humo de leña en el aire, acompañado muchas veces por el sonido rítmico de las manos de las mujeres formando la masa en la sustencia del día. Las tortillas son tan ubicuas, tan cotidianas que a veces necesito recordarme que cada grano de maíz representa un pequeño milagro.
Cultivando el maíz, rompiendo la madre tierra, sembrando los preciosos granos de maíz cuidadosamente seleccionados de la cosecha del año pasado que uno ha sacado por sus propias manos de las mazorcas que luego van a alimentar el ganado, haciendo combate contra los animalitos que se festejan con las plantas tiernas… Todo aquello representa tanto amor, tanto trabajo, tanto sacrificio. Y yo también me recuerdo, o sea, los cerros mismos me hacen recordar, que la gente literalmente han muertos para poder tener estos terrenos. El sacrificio no es solamente lo del diario levantarse antes del amanecer y trabajar duro en los campos o en la casa pero los siglos y siglos de lucha para mantener o reganar terrenos, y los sacrificios más recientes que no fueron voluntarios pero el pago demandado por el ejercito. Yo sé, sin haber sido dicho detalles específicos, que en estas partes la gente fueron asesinado, torturado o desparecido. Si no en estos meros campos que paso casi todos los días, entonces un poco más distante en esta misma carreterra, o allá en otro camino que cruce. El rojo de la tierra me recuerda todos los días de la sangre que ha sido derramada aquí para que estos cultivadores y cultivadoras pueden seguir sembrando su milpa, cosechando su maíz, y alimentandose a ellos mismos y ellas mismas y a sus familias. Cada grano que está guardado y sembrado de nuevo es un regalo del pasado, llevando la sangre de generaciones, y un mensaje, un compromiso, una promesa de fé en el futuro.
Cultivando el maíz, rompiendo la madre tierra, sembrando los preciosos granos de maíz cuidadosamente seleccionados de la cosecha del año pasado que uno ha sacado por sus propias manos de las mazorcas que luego van a alimentar el ganado, haciendo combate contra los animalitos que se festejan con las plantas tiernas… Todo aquello representa tanto amor, tanto trabajo, tanto sacrificio. Y yo también me recuerdo, o sea, los cerros mismos me hacen recordar, que la gente literalmente han muertos para poder tener estos terrenos. El sacrificio no es solamente lo del diario levantarse antes del amanecer y trabajar duro en los campos o en la casa pero los siglos y siglos de lucha para mantener o reganar terrenos, y los sacrificios más recientes que no fueron voluntarios pero el pago demandado por el ejercito. Yo sé, sin haber sido dicho detalles específicos, que en estas partes la gente fueron asesinado, torturado o desparecido. Si no en estos meros campos que paso casi todos los días, entonces un poco más distante en esta misma carreterra, o allá en otro camino que cruce. El rojo de la tierra me recuerda todos los días de la sangre que ha sido derramada aquí para que estos cultivadores y cultivadoras pueden seguir sembrando su milpa, cosechando su maíz, y alimentandose a ellos mismos y ellas mismas y a sus familias. Cada grano que está guardado y sembrado de nuevo es un regalo del pasado, llevando la sangre de generaciones, y un mensaje, un compromiso, una promesa de fé en el futuro.
Wednesday, June 29, 2011
Le gente de maíz/The people of corn
There is a light gray blanket of cloud evenly spread across the sky, so that the movements of the sun cannot be easily detected, and the sky presents the same unbroken surface at 8 as it did at 7. The ambulance of the bomberos voluntarios (volunteer firefighters) slowly ambles down one of the streets, the last one that eventually leads to the dirt road that goes all the way to San Andrés Sacjabaja -- I have to describe it as such, for if I used the official name, which might be 4ta Avenida, no one here would know what I was talking about. I could say, "the street where Doña Susy has her tienda" or "the street where the Casa Social (social house of the parish) is located" or "the street where they put the ferris wheel during the fiesta patronal" and then people would know what I was talking about. Behind the ambulance, which stops for a while, although there seems to be no emergency as the lights are not flashing and the siren is not blaring, a young man maneuvers a bicycle, hunched over the handlebars, his face a study in calm concentration. He has an azadon (hoe) over his back, neatly tucked into the space between his small nylon backpack and the green-checked light flannel shirt he is wearing. The hoe has a large, flat blade that sits snugly against his left hip, and the wooden handle, weathered by wear, sticks out a couple of feet on his right side. Off to work his own, or someone else's milpa.
Farther up, after I have turned off to the left on the first road after the pavement ends, I see a young woman whom I have seen often on this road, carrying her baby wrapped across her back in a purple servilleta, and carrying a plastic basin filled with corn kernels that have been soaked and drained; on her way to the generator-powered mill, undoubtedly, to grind the corn into masa for the day's tortillas. We smile and say hello. Some workers perched atop a new house that is going up, a two story affair made of concrete blocks, faintly try to attract my attention with their few phrases in English. "Hello" "How are you?" "Good morning". I smile and wave over my shoulder as I pass them. I consider calling out "Saq'ariq" (good morning in K'iche') but decide that it is wiser to acknowledge but not really engage them.
Still farther on, a young man, wearing his hair longer than I usually see around here (gently curving down to his shoulders), leads a lone black goat on a rope. He is wearing a neatly pressed shirt, buttoned up the front, with a crisp collar, and trousers, not jeans, shoes, not boots or sneakers. A bit incongruous, at first sight, with the goat, at least to me. But I need to be careful not to impose an alien perspective. No reason he shouldn't be dressed neatly if he is taking the goat somewhere to sell, or if he has an errand that requires somewhat formal attire after doing whatever it is he needs to do with the goat.
It is a bit later than I usually set out on this road, and also people are working different parts of their fields. There are two sets of fields where there are usually people working, and we always exchange greetings -- one on the right hand side after the road starts its first climb. And then a few hundred yards farther on, around another curve, it flattens out for a bit and there are some more fields on the left. But today either because it's later or because the people simply have moved on, no one is close enough to greet me or be greeted in turn.
The earth around the corn stalks is rich-red clay, now carefully cleared of unnecessary undergrowth, fresh and moist with the season's rain. A friend has been pestering me to read Los Hombres de Maíz, considered by many the masterwork of Miguel Angel Asturias. And I understand why, walking through these fields, where I am privileged, as I often remark, to walk because I want to, not because I need to. The fields are not flat here in the altiplano, but farmers plant their corn in rows that gently hug the swells and curves of the earth. In some places the milpa perches at a precarious angle on a small patch of earth atop some rocks, an angle so acute that one wonders how people can plant, hoe and harvest without plunging off the hillside and onto the road below. The smell of woodsmoke drifts through the air, accompanied often by the slap-slap rhythm of women shaping masa into the day's sustenance. The tortillas are so ubiquitous, so ordinary, that I sometimes need to remind myself that every grain of corn is a small miracle. Cultivating corn, breaking the earth, planting the carefully culled kernels from last year's crop that one has rubbed off by hand from the cobs that will later go to feed the animals, fighting off the pests that feast on the tender plants... All of this represents so much love and labor and sacrifice. And I also remind myself, or rather the hills themselves remind me, that people have literally died to be able to have these fields. The sacrifice is not only the daily one of rising before dawn and working hard in the fields or at home, but the centuries of struggle to maintain or regain lands, and the more recent sacrifices that were not voluntary but the price exacted by the army. I know, without having been told specific details, that people were tortured, killed or disappeared around here. If not in these exact fields that I pass nearly every day, then farther up the road, or off a different branch. The redness of the earth reminds me every day of the blood that has been spilled here, so that farmers can continue to plant their milpa, harvest their corn, and feast themselves and their families. Each kernel that is saved and replanted is a gift from the past, carrying the blood of generations, and a message, a promise, a pledge of faith for the future.
Farther up, after I have turned off to the left on the first road after the pavement ends, I see a young woman whom I have seen often on this road, carrying her baby wrapped across her back in a purple servilleta, and carrying a plastic basin filled with corn kernels that have been soaked and drained; on her way to the generator-powered mill, undoubtedly, to grind the corn into masa for the day's tortillas. We smile and say hello. Some workers perched atop a new house that is going up, a two story affair made of concrete blocks, faintly try to attract my attention with their few phrases in English. "Hello" "How are you?" "Good morning". I smile and wave over my shoulder as I pass them. I consider calling out "Saq'ariq" (good morning in K'iche') but decide that it is wiser to acknowledge but not really engage them.
Still farther on, a young man, wearing his hair longer than I usually see around here (gently curving down to his shoulders), leads a lone black goat on a rope. He is wearing a neatly pressed shirt, buttoned up the front, with a crisp collar, and trousers, not jeans, shoes, not boots or sneakers. A bit incongruous, at first sight, with the goat, at least to me. But I need to be careful not to impose an alien perspective. No reason he shouldn't be dressed neatly if he is taking the goat somewhere to sell, or if he has an errand that requires somewhat formal attire after doing whatever it is he needs to do with the goat.
It is a bit later than I usually set out on this road, and also people are working different parts of their fields. There are two sets of fields where there are usually people working, and we always exchange greetings -- one on the right hand side after the road starts its first climb. And then a few hundred yards farther on, around another curve, it flattens out for a bit and there are some more fields on the left. But today either because it's later or because the people simply have moved on, no one is close enough to greet me or be greeted in turn.
The earth around the corn stalks is rich-red clay, now carefully cleared of unnecessary undergrowth, fresh and moist with the season's rain. A friend has been pestering me to read Los Hombres de Maíz, considered by many the masterwork of Miguel Angel Asturias. And I understand why, walking through these fields, where I am privileged, as I often remark, to walk because I want to, not because I need to. The fields are not flat here in the altiplano, but farmers plant their corn in rows that gently hug the swells and curves of the earth. In some places the milpa perches at a precarious angle on a small patch of earth atop some rocks, an angle so acute that one wonders how people can plant, hoe and harvest without plunging off the hillside and onto the road below. The smell of woodsmoke drifts through the air, accompanied often by the slap-slap rhythm of women shaping masa into the day's sustenance. The tortillas are so ubiquitous, so ordinary, that I sometimes need to remind myself that every grain of corn is a small miracle. Cultivating corn, breaking the earth, planting the carefully culled kernels from last year's crop that one has rubbed off by hand from the cobs that will later go to feed the animals, fighting off the pests that feast on the tender plants... All of this represents so much love and labor and sacrifice. And I also remind myself, or rather the hills themselves remind me, that people have literally died to be able to have these fields. The sacrifice is not only the daily one of rising before dawn and working hard in the fields or at home, but the centuries of struggle to maintain or regain lands, and the more recent sacrifices that were not voluntary but the price exacted by the army. I know, without having been told specific details, that people were tortured, killed or disappeared around here. If not in these exact fields that I pass nearly every day, then farther up the road, or off a different branch. The redness of the earth reminds me every day of the blood that has been spilled here, so that farmers can continue to plant their milpa, harvest their corn, and feast themselves and their families. Each kernel that is saved and replanted is a gift from the past, carrying the blood of generations, and a message, a promise, a pledge of faith for the future.
Visit of Ixmucané Peten continued
After we had finished the ceremony described in an earlier post, we started the exchange of experiences. The women from the Peten had come prepared with a presentation about the conditions in the Peten, and also the formation of the group. The women in the group were mostly from the communities that had been displaced by the war and had sought refuge in Mexico. The woman who made the presentation, Maria Eulalia, said that she had lived in Mexico for 15 years, and then when the peace accords were being negotiated, they began the process of figuring out how they could go back to Guatemala and negotiating with the government for the kinds of support that they might expect to be able to restart their lives. That was when the women first started to organize, in the process of planning resettlement.
I can't capture all the details of the presentation; it was very thoughtful, elaborate and precise. The group has been in existence since 1994. They include women from several different communities in the Peten and one in Alta Verapaz. Their key issues are not that dissimilar to those of the women in Ixmukané Quiché -- sustainable economies, domestic violence, lack of services, lack of access to land. The women from Quiché listened fairly attentively, although the meetings are often hard to hear as the sound echoes ferociously in the large cavity of the building, the corrugated aluminum roof is frequently pinged by passing birds, there are trucks entering and leaving the department of roads ("caminos") all day long, and there are nearly always children scurrying underfoot and infants crying.
Another social difference between the two groups -- or at least the representatives of Ixmucané Peten who visited us (that is, their leadership) and the selected members of Ixmukané Quiché who were in attendance (not the staff, but the socias) is in literacy and also language. The presentation was in Spanish and aided by a powerpoint with fairly fine print, since they put a lot of text on each slide. All the members of Ixmucané Peten were literate, and many of them had more than minimal literacy. They took notes rapidly on their laptops during various parts of the two-day meeting. The women from Quiché had varying degrees of literacy; very few read and wrote fluidly and rapidly. Some had small notebooks, the kind with soft covers, containing about 80 pages of lined paper, the kind that children use in schools here, and painstakingly took some notes. But it was necessary to have someone translate, or at least summarize in K'iche', each segment of the presentation.
I was in and out, since we had responsibilities at the radio station, just to keep things running, and also helping out with other logistical matters, troubleshooting, and of course taking some photographs. The women from Peten had brought t-shirts for all of us, and we had some small bags made up with the Ixmukané logo to give to them (but those were not handed out until the last day).
The second part of the day, in the afternoon, was a presentation by Don Felipe about the Maya cosmovision and the importance of spirituality. I didn't get to hear much of it (there has now been so much that has happened since then that I don't exactly remember why I wasn't able to hear much of it, but probably preparing my 3 p.m. radio broadcast, and then going on the air is a good guess for what I might have been doing).
There was more the second day, but I'll leave that for another blog entry, hopefully before too long.
I can't capture all the details of the presentation; it was very thoughtful, elaborate and precise. The group has been in existence since 1994. They include women from several different communities in the Peten and one in Alta Verapaz. Their key issues are not that dissimilar to those of the women in Ixmukané Quiché -- sustainable economies, domestic violence, lack of services, lack of access to land. The women from Quiché listened fairly attentively, although the meetings are often hard to hear as the sound echoes ferociously in the large cavity of the building, the corrugated aluminum roof is frequently pinged by passing birds, there are trucks entering and leaving the department of roads ("caminos") all day long, and there are nearly always children scurrying underfoot and infants crying.
Another social difference between the two groups -- or at least the representatives of Ixmucané Peten who visited us (that is, their leadership) and the selected members of Ixmukané Quiché who were in attendance (not the staff, but the socias) is in literacy and also language. The presentation was in Spanish and aided by a powerpoint with fairly fine print, since they put a lot of text on each slide. All the members of Ixmucané Peten were literate, and many of them had more than minimal literacy. They took notes rapidly on their laptops during various parts of the two-day meeting. The women from Quiché had varying degrees of literacy; very few read and wrote fluidly and rapidly. Some had small notebooks, the kind with soft covers, containing about 80 pages of lined paper, the kind that children use in schools here, and painstakingly took some notes. But it was necessary to have someone translate, or at least summarize in K'iche', each segment of the presentation.
I was in and out, since we had responsibilities at the radio station, just to keep things running, and also helping out with other logistical matters, troubleshooting, and of course taking some photographs. The women from Peten had brought t-shirts for all of us, and we had some small bags made up with the Ixmukané logo to give to them (but those were not handed out until the last day).
The second part of the day, in the afternoon, was a presentation by Don Felipe about the Maya cosmovision and the importance of spirituality. I didn't get to hear much of it (there has now been so much that has happened since then that I don't exactly remember why I wasn't able to hear much of it, but probably preparing my 3 p.m. radio broadcast, and then going on the air is a good guess for what I might have been doing).
There was more the second day, but I'll leave that for another blog entry, hopefully before too long.
A veces no es tan mal vivir en un pueblito chiquito/Sometimes it's not so bad living in a really small town
A veces tenemos que experimentar algo negativo, algo malo, para tener otra percepción, o valorización, de nuestro alrededor. En las últimas semanas, varias veces pensé que había llegado a mi limite de aguantar la vida rural. No hay nada que hacer; todo el mundo cierra sus puertas y apaga las luces a las 8 de la noche; y realmente no conozco a nadie con la disposición de salir -- si existió algún destino. Ya casi había decidido que, aunque supuestamente no tendría que ir a la capital más de una vez cada 2 semanas para dar mi clase cuando clases comienzan la semana que viene, posiblemente iría más (realmente voy a Antigua; quedo la noche; en la mañana voy a Guate; vuelvo a quedar una segunda noche en Antigua, y luego a Quiché otra vez). Cuando hace unos pocos días la universidad me dijo que habían cancelado mi clase, yo diría que voy a seguir viajando, al menos hasta Antigua, al menos cada 2 semanas, si solamente para un cambio de escenario, para respirar otro aire.
Pero hoy soy muy agradecida que vivo en un pueblo tan pequeño que el hombre de la pollería reconoce mi carro aunque no le conozco. Hoy tuve salida para Chichicastenango en la mañana y luego fui a Santa Cruz del Quiché para hace mi programa en la radio. Hoy vinieron unos jóvenes quienes han realizado un proyecto de construcción utilizando materiales recicladas (botellas de plástica, principalmente), en una escuela rural. Vino junto con ellos el director de la escuela donde hicieron la construcción). Terminamos, y ofrecí llevar a Caterino, el director, porque vive en Chinique (vive en un caserío a la entrada del pueblo). Los jóvenes fueron en otra dirección (creo que fueron a Pollo Campero -- también viven en Chinique pero no iban directo). Salimos de Santa Cruz, conversando sobre el programa, y después de varios kilómetros, de un momento al otro dejaron de funcionar los cambios. Estuve en medio de cambiar; creo que habíamos pasado por encima de un túmulo, y luego no pude alcanzar el primer cambio. Traté con otros cambios: segundo, tercero. Nada. Estuvimos pasando despacito por la carretera y decidí a parar el picop y salir para que lo que estaba pasando. Ví que la llanta atrás, por lado del piloto (o en este caso, la pilota) se había separado del carro. O sea, que el eje se había quebrado.
Estuvimos en medio de la carretera, entre Santa Cruz y Chiché, pero en realidad en una area sin viviendas cerca. Que íbamos a hacer? Vivo frente a un taller de auto servicio, pero aunque saludo a los dueños casi todos los días no tuve la menor idea de como podíamos comunicarnos con ellos. Me di cuenta en este momento que realmente mis contactos no son tan amplias. Pero Caterino comenzó a hacer llamadas. Necesitábamos una grua, por cierto. El carro no iba a ningún lado solo. No tuvimos un teléfono de una grua y con la explosión de teléfonos móviles, realmente no existe directorios telefónicos en estos días; no había una operadora, una 411 para llamar.
Caterino hizo varias esfuerzas; una amigo con un taller pero sin grua. Tratemos a llamar a alguien quien posiblemente tendría el teléfono del taller en frente de mi casa, el famoso VL, mejor conocido como "Willy", pero no respondió. Pasaron varios carros y camiones y tuvimos que pararnos al frente y atrás para indicar a los otros carros que tendrían que desviar un poco para no chocar con el picop. Algunos pilotos bastante agresivos (sobretodo los de unos camiones grandes y los buses) casi chocaron con el carro y con nosotros. Finalmente vimos las luces de un carro de policia. Primera vez en mi tiempo en Guate que la vista de unos policias me dió alegria y no otro sentimiento (por ejemplo, susto o molestia). Explicábamos lo que sucedió. Dijeron ellos que al llegar a su puesto en Chiché llamarían a la grua en Santa Cruz para que viene a recoger el carro y llevarlo al taller VL.
Caterino llamó a los jóvenes y les dijo donde estuvieron y les invitó a acompañarnos. Siendo Guatemala, siendo gente de pueblos chiquitos donde todavía existe el espíritu colaborador y cooperativista, vinieron los patojos. Pero antes de ellos, pasó otro carro. Lo reconocimos como el carro de uno de los muchachos del taller, y él también reconoció el carro mío, aunque ya era muy oscura y casi no hay luz en esta parte de la carretera. Pero, aquí viene lo bueno de los pueblos chiquitos, aquí todo el mundo conoce los carros de todo el mundo (o al menos, de las personas conocidas). Entonces, él paró, salió de su carro, comenzó a examinar el daño, y nos acompañó también. Luego llegaron los estudiantes y tuvimos un gran grupo parado a la orilla de la carreterra. Si tuvimos una botella y comida hubiéramos hecho una fiesta. El pobre Caterino no había almorzado; traté sin éxito a convencerle a ir a Chiché con los jóvenes para buscar comida o convencer a ellos a ir y comprarle algo. Bueno, dejé de insistir.
Dentro de todos estos movimientos, mandé un texto a un buen amigo. Sabía que estuvo muy distante en este momento pero quería avisarle porque tuvimos algunos asuntos de trabajo que serían difíciles sin el carro. Aunque andaba sin saldo (un problema constante con mis compas aquí) encontró la manera de mandarme unos textos a través del internet, y sentí bien acompañada a pesar de la distancia geográfica.
Llamé (porque eso me pidió) para consolarle que estuve bien, solamente el carro estaba mal, y ademas no estuve enfrentando el problema solita (porque así era una preocupación). Al llegar a mi casa llamó Caterino para saber como estuve. Después de pagar el hombre de la grúa (ni quiero decir cuanto era; más que pensé pero no había opción) volví a la casa y casualmente un amigo de aquí del pueblo que se encontraba en otro lado me había mandado un "chat" por Facebook. Le contesté y comenté lo del carro (le había consultado en otras ocasiones sobre cosas automotrices) y casi inmediatamente me llamó y ofreció a buscarme la parte en Chimaltenango el viernes si no hubiéramos encontrado antes.
Entonces un crisis provocó una reflexión sobre ciertas ventajas de los pueblos chiquitos. A la otra mano, porque somos un poco remoto y el carro es Ford Mazda y no Toyota, hay que mandar buscar la parte; no se encuentra aquí en el departamento. Si fuera Toyota, si (pero si fuera Toyota, como yo sé por experiencia empírica, aumenta el riesgo de un robo por eso mismo -- se puede desarmar y vender las partes).
El muchacho del taller nos preguntó a cual grua habían llamado los policías. Saber!! Intentamos a los policías (habían dejado un número con Caterino) pero no respondieron. El muchacho llamó a una de las dos grúas, lo cual tenía guardado en su móvil, y evidentemente fue la grúa correcta; nos dijo que ya estuvo en Chitatul (una aldea en la salida de Santa Cruz). Ya al rato vino la grúa; tuvo que hacer muchos movimientos para ponerse en posición para amarrar bien el carro mío (imaginan se un camión dando vueltas en la oscuridad en una carretera estrecha con zanjas de cimento en ambos lados).
Ya! Caterino cogió un ride con los jóvenes y yo con el compañero del taller. Aunque siempre nos saludamos uno al otro casi diario, realmente fue una de las primeras conversaciones. Le dije que iba a esperar en mi casa porque no había razón de quedar parada en la calle frente al taller.
Pero hoy soy muy agradecida que vivo en un pueblo tan pequeño que el hombre de la pollería reconoce mi carro aunque no le conozco. Hoy tuve salida para Chichicastenango en la mañana y luego fui a Santa Cruz del Quiché para hace mi programa en la radio. Hoy vinieron unos jóvenes quienes han realizado un proyecto de construcción utilizando materiales recicladas (botellas de plástica, principalmente), en una escuela rural. Vino junto con ellos el director de la escuela donde hicieron la construcción). Terminamos, y ofrecí llevar a Caterino, el director, porque vive en Chinique (vive en un caserío a la entrada del pueblo). Los jóvenes fueron en otra dirección (creo que fueron a Pollo Campero -- también viven en Chinique pero no iban directo). Salimos de Santa Cruz, conversando sobre el programa, y después de varios kilómetros, de un momento al otro dejaron de funcionar los cambios. Estuve en medio de cambiar; creo que habíamos pasado por encima de un túmulo, y luego no pude alcanzar el primer cambio. Traté con otros cambios: segundo, tercero. Nada. Estuvimos pasando despacito por la carretera y decidí a parar el picop y salir para que lo que estaba pasando. Ví que la llanta atrás, por lado del piloto (o en este caso, la pilota) se había separado del carro. O sea, que el eje se había quebrado.
Estuvimos en medio de la carretera, entre Santa Cruz y Chiché, pero en realidad en una area sin viviendas cerca. Que íbamos a hacer? Vivo frente a un taller de auto servicio, pero aunque saludo a los dueños casi todos los días no tuve la menor idea de como podíamos comunicarnos con ellos. Me di cuenta en este momento que realmente mis contactos no son tan amplias. Pero Caterino comenzó a hacer llamadas. Necesitábamos una grua, por cierto. El carro no iba a ningún lado solo. No tuvimos un teléfono de una grua y con la explosión de teléfonos móviles, realmente no existe directorios telefónicos en estos días; no había una operadora, una 411 para llamar.
Caterino hizo varias esfuerzas; una amigo con un taller pero sin grua. Tratemos a llamar a alguien quien posiblemente tendría el teléfono del taller en frente de mi casa, el famoso VL, mejor conocido como "Willy", pero no respondió. Pasaron varios carros y camiones y tuvimos que pararnos al frente y atrás para indicar a los otros carros que tendrían que desviar un poco para no chocar con el picop. Algunos pilotos bastante agresivos (sobretodo los de unos camiones grandes y los buses) casi chocaron con el carro y con nosotros. Finalmente vimos las luces de un carro de policia. Primera vez en mi tiempo en Guate que la vista de unos policias me dió alegria y no otro sentimiento (por ejemplo, susto o molestia). Explicábamos lo que sucedió. Dijeron ellos que al llegar a su puesto en Chiché llamarían a la grua en Santa Cruz para que viene a recoger el carro y llevarlo al taller VL.
Caterino llamó a los jóvenes y les dijo donde estuvieron y les invitó a acompañarnos. Siendo Guatemala, siendo gente de pueblos chiquitos donde todavía existe el espíritu colaborador y cooperativista, vinieron los patojos. Pero antes de ellos, pasó otro carro. Lo reconocimos como el carro de uno de los muchachos del taller, y él también reconoció el carro mío, aunque ya era muy oscura y casi no hay luz en esta parte de la carretera. Pero, aquí viene lo bueno de los pueblos chiquitos, aquí todo el mundo conoce los carros de todo el mundo (o al menos, de las personas conocidas). Entonces, él paró, salió de su carro, comenzó a examinar el daño, y nos acompañó también. Luego llegaron los estudiantes y tuvimos un gran grupo parado a la orilla de la carreterra. Si tuvimos una botella y comida hubiéramos hecho una fiesta. El pobre Caterino no había almorzado; traté sin éxito a convencerle a ir a Chiché con los jóvenes para buscar comida o convencer a ellos a ir y comprarle algo. Bueno, dejé de insistir.
Dentro de todos estos movimientos, mandé un texto a un buen amigo. Sabía que estuvo muy distante en este momento pero quería avisarle porque tuvimos algunos asuntos de trabajo que serían difíciles sin el carro. Aunque andaba sin saldo (un problema constante con mis compas aquí) encontró la manera de mandarme unos textos a través del internet, y sentí bien acompañada a pesar de la distancia geográfica.
Llamé (porque eso me pidió) para consolarle que estuve bien, solamente el carro estaba mal, y ademas no estuve enfrentando el problema solita (porque así era una preocupación). Al llegar a mi casa llamó Caterino para saber como estuve. Después de pagar el hombre de la grúa (ni quiero decir cuanto era; más que pensé pero no había opción) volví a la casa y casualmente un amigo de aquí del pueblo que se encontraba en otro lado me había mandado un "chat" por Facebook. Le contesté y comenté lo del carro (le había consultado en otras ocasiones sobre cosas automotrices) y casi inmediatamente me llamó y ofreció a buscarme la parte en Chimaltenango el viernes si no hubiéramos encontrado antes.
Entonces un crisis provocó una reflexión sobre ciertas ventajas de los pueblos chiquitos. A la otra mano, porque somos un poco remoto y el carro es Ford Mazda y no Toyota, hay que mandar buscar la parte; no se encuentra aquí en el departamento. Si fuera Toyota, si (pero si fuera Toyota, como yo sé por experiencia empírica, aumenta el riesgo de un robo por eso mismo -- se puede desarmar y vender las partes).
El muchacho del taller nos preguntó a cual grua habían llamado los policías. Saber!! Intentamos a los policías (habían dejado un número con Caterino) pero no respondieron. El muchacho llamó a una de las dos grúas, lo cual tenía guardado en su móvil, y evidentemente fue la grúa correcta; nos dijo que ya estuvo en Chitatul (una aldea en la salida de Santa Cruz). Ya al rato vino la grúa; tuvo que hacer muchos movimientos para ponerse en posición para amarrar bien el carro mío (imaginan se un camión dando vueltas en la oscuridad en una carretera estrecha con zanjas de cimento en ambos lados).
Ya! Caterino cogió un ride con los jóvenes y yo con el compañero del taller. Aunque siempre nos saludamos uno al otro casi diario, realmente fue una de las primeras conversaciones. Le dije que iba a esperar en mi casa porque no había razón de quedar parada en la calle frente al taller.
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